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La vejez

Por Diógenes Díaz Carabalí
Ignacio Gómez y Romelia Calvache son dos ancianos de San Agustín, cabezas de una numerosa familia, que han entregado su vida a la explotación agrícola. Hasta que la vejez los venció, se dedicaron con sus hijos a producir alimentos para surtir la despensa propia, de su municipio y de la región, animados por el trabajo diario y el empeño de hacer que floreciera cada planta, cosechar los fruto, acariciar su suavidad con esas manos cargadas de huellas, cargadas de caminos, para llegar a los noventas años, que les hace mirar la vida como si nada hubieran hecho porque la pobreza los abruma.
Están ahora confinados en su humilde vivienda, con sus sufrimientos, los dolores propios de la edad, sumergidos en una larga paciencia, para que el tiempo pase por encima de sus cabezas blancas, esperando que un día la muerte los venza, pero ya con el pecho cóncavo de hacerle frente a lo duro de la vida. Están como símbolo de la fortaleza de esa generación que ha comido de la tierra, de la que al parecer nadie se acuerda.
Han visto que los tiempos cambian. Han visto que las fuerzas se escapan de unos huesos cansados y de unos músculos que se vuelven flácidos. Ven que a sus hijos comienzan a surcárseles los caminos inevitables y escabrosos en la frentes, como a ellos por saber que un día tendrán que dejar el mundo, cuando nadie quiere seguir sus huellas, cuando a su descendencia le avergüenza el pasado; les duele tanto sacrificio en un país donde al parecer nadie reconoce su nombre, menos su oficio; golpear el mundo es duro, extraerle sus frutos no paga, llenar el estómago de muchos no tiene significado, es el deshonroso destino de unos seres que se han mantenido en la raya de vivir del sudor de la frente.
Nadie podría entender por qué un par de ancianos que han dado tanto por la patria, por la paz y esta democracia que nos enorgullece, no cuenten con Seguridad Social, no tienen una pensión digna, mendigan una atención médica, y prefieren tomar aguas de hiervas que ir al médico porque más cuesta conseguir una cita que la droga suministrada, sus hijos, herederos de una restringida condición económica, tienen que subvencionar los costos de la supervivencia de sus padres, no porque la rehuyan, sino porque la patria no existe. Si hablamos de injusticia estos cuadros de los ancianos desvalidos, sumergidos en la miseria, es una argumento claro para continuar diciendo que en este país la injusticia es palpable, que las diferencias son abismales, que la discriminación es un problema latente. No hay que teorizar mucho, ni echar tanto discurso para encontrarnos con las lacras que corroen nuestra historia. Que sorprenden y hace sentir impotente.
Una Fe de Erratas: en la columna anterior lease: También soy consciente que hago parte de una minoría que en este país (clama) rechaza la reelección del presidente, dice no a (añora) la reelección de alcaldes y gobernadores, quienes por muy buenos que sean, fueron elegidos según el mismo Estado de Derecho, para un periodo fijo, y no para que se valgan del poder…
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